Ascendiendo el cauce del Guadalquivir llegué al pueblo siguiente, Coria del Río. Su paisaje, el barco antiguo y algo en mi interior me transmitían las vibraciones de un lugar zen. Hice fotografías y pinturas con tinta china, pinceladas con un aire japonés.
Después, al ver las obras, la galerista de La Puebla me comentó que en 1614 habían pasado los japoneses por Coria; todavía hoy existe allí un apellido que viene de esa época, Japón. Al observar bien este lugar sentí su historia.